Narros del Castillo

Richard Johnson
Narros del Castillo

De vuelta a casa hacemos noche en Narros del Castillo, uno de esos pueblos castellanos donde el silencio parece formar parte del patrimonio y que uno suele pasar de largo.


Pero tuvieron a bien crear una área de autocaravanas, cosa que agradecemos ya que nos queda perfecto para pernoctar de vuelta-


El nombre parece esconder varias historias superpuestas. Una es Narros, que muchos historiadores relacionan con los navarros que repoblaron esta parte de la Moraña tras la Reconquista. De hecho, durante siglos aparece escrito como Naharros, una evolución de Nafarros (navarros). No es una certeza absoluta, pero es la explicación más aceptada.


Otra, que el pueblo se llamaba Naharros de Bebán, del mozárabe, y que significaba "puerta fortificada". Queda la puerta; el resto, no.


Y del Castillo... que ya no está. O casi. Donde hoy se levanta la iglesia hubo una fortaleza medieval que vigilaba el territorio. Con el tiempo dejó de tener utilidad y acabó absorbida por la propia iglesia. Todavía quedan algunos lienzos de argamasa enormes, guardando ahora la iglesia, pero el castillo desapareció tanto que hoy sobrevive más en el nombre del pueblo que en sus piedras.


Una imagen de una estructura de rocas con una abertura en el medio.


Lo primero que llama la atención es la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción (o San Juan Bautista o, en otra fuente, Santa María del Castillo). Su cabecera mudéjar, construida con ladrillo hace más de ochocientos años. De noche, iluminada, parece todavía más antigua.



En la plaza entre dos cipreses, permanece el rollo de justicia y picota: finales del siglo XV, piedra granítica, remate con bolas, Bien de Interés Cultural desde 1963. No era un adorno: indicaba que la villa tenía jurisdicción propia y también servía para exhibir públicamente a los reos. Hoy resulta difícil imaginarlo rodeado de coches y banderines de fiestas.



Narros también se ha sumado al arte urbano. Un enorme retrato de una vecina, que nos mira con una viveza que incomoda un poco cruzarla.



En un garaje, otro mural recuerda las faenas de largas jornadas de siega y recogida que durante siglos marcaron el ritmo de estas tierras. Unas espigadoras agachadas en un campo al atardecer, casi calcadas de Millet.



Y basta llegar a una claro despejado para entenderlo: la llanura de La Moraña no tiene montañas que le roben protagonismo al horizonte, un inmenso mar de cereal. Cuando el sol se pone, parece que toda Castilla se queda un momento en silencio.



Y así terminamos el viaje, mirando a Portugal.





Narros del Castillo: 19 de julio de 2026