Marcel Proust era un hombre enfermizo, con algo de pasta y por tanto tiempo para escribir. Tenía otra ventaja, una obsesión por todo lo snob, por los flecos de la defenestrada aristocracia francesa —aún quedan algunos condes y duques por ahí—. Se la tomó en serio y escribió siete novelas de algo que todavía no mucha gente se atreve a leer. O sea, que no se inventó un mundo como hacen las grandes sagas. Cogió lo que estaba a la vista de todos y nadie veía. No, no fue esa aristocracia, o no solo eso. Proust vio el tiempo.
Todos recordamos la magdalena. No porque al protagonista le apasionara, sino porque su sabor desencadenó el recuerdo más famoso de la literatura. Su sabor disparó siete volúmenes de narración de un grupo cerrado de personajes donde tipos como Swann, Albertina o el barón de Charlus, conforman una parte de esos grandes caracteres bien desarrollados por el escritor. Y sentimientos como los celos, la envidia, el desamor se entrecruzan con disertaciones sobre los aspectos sociales de la época y análisis del estado de las artes y la literatura francesa. Si esto se mezcla con algo de relaciones homosexuales narradas desde un punto de vista digamos que inocente, se obtiene un conjunto de palabras que, bien colocadas, pueden ganar un premio Goncourt, solo con el primer volumen, y dejar para la historia un estilo refinado, inimitable, fresco.
Proust, como muchos de sus contemporáneos, se vio atrapado en el descubrimiento del tiempo. Hoy, muchos de nosotros hemos olvidado la importancia artística de esa entidad física y pasamos de ello como si el mundo haya dejado por fin de rodar. Proust, en cambio, sabía que estaba narrando los últimos momentos de un estilo de vida, de una nobleza a punto de ser sustituida por algo que ellos mismos, los aristócratas de sangre definieron y nosotros solíamos llamar la burguesía hasta que se nos ocurrió decir los nuevos ricos, un apelativo terrenal, sin esa cosa académica y que no pierde sentido con el tiempo. Siempre hay nuevos ricos por ahí.
Debería leerse más En busca del tiempo perdido, no solo porque su historia haya cambiado el nombre de Illiers un pueblo en Francia o sea capaz de encadenar ochocientos y pico —el pico depende de la edición— de palabras de una manera magistral, sin un punto entre ellas, o porque nos hable de un mundo que ni siquiera está ya en la crónica rosa o porque haya hecho lo que hay que hacer en literatura, contagiarnos con pasiones que tal vez ni él mismo sentía. Deberíamos leerlo porque lo hizo desde la memoria, memoria involuntaria, y eso es condenadamente difícil. Publicó en vida cuatro de los siete libros que conforman la saga. No sabemos hasta qué punto podríamos atribuir enmiendas a esta obra, lo cierto es que, si se hizo, no hay evidencias visibles en los últimos tres volúmenes. Quizá tampoco importe demasiado. Después de todo, Proust nunca escribió sobre la perfección de una obra, sino sobre la forma en que el tiempo acaba escribiéndola por nosotros.
Madrid: 28 de julio de 2026