Juego Limpio

Fragmento del libro



El general Atilio Rionegro fue víctima de un filtro de amor la noche del sepelio del presidente. Luego vinieron los apretones de mano, los regalos, las promesas, la deferencia de una mujer hasta ese momento ajena a su interés. Todo fue falso, aun el matrimonio sin hijos o la profunda opacidad que cubrió de la noche a la mañana el pasado tormentoso de Beatriz Borges. Aunque desde otro punto de vista y, hay muchos que piensan así, ella y el general Rionegro se complementaron hasta la confusión y se profesaron una torpe fidelidad.

Carne de mujer por carne de pueblo. El sentimiento, si lo hubo, dio paso a las contingencias políticas. El general se movió la mayor parte del tiempo a instancias del primer impulso. ¿Un error haberse dejado llevar por las circunstancias o hubo algo de cierto en los rumores acerca de una sobredosis de conciencia política que padecía Beatriz? Él nunca lo supo, como no se conoce cuál sería nuestro destino si eligiéramos un camino distinto. Sólo ella sabía, como pitonisa al fin, como bruja entrenada en robar futuros para conformarlos a su antojo.

Para el general Atilio Rionegro la política fue el precio que debió pagar por enrolarse con la hija del presidente muerto. Así quedó planteado en los días que tomó aquella pantomima del sepelio pospuesto a propósito. Comprendió que besarla en una bifurcación del camino en medio de la selva iba más allá de una simple conquista cuando sintió sobre su hombro el calorcillo de la banda presidencial.

Fue por ella, su culpa. Él se convirtió en el dictador odiado por el pueblo y cabecilla de una sarta de funcionarios corruptos. El tirano, el asesino inescrupuloso, creador de los grupos paramilitares de represión, sin que sus acciones tuvieran otro beneficio que el de mantener bajo control el país y sus constituyentes: una vida, una casa, un alma. Lo que debía ser medio de conseguir algo más –ese control- se convirtió en su único fin. No fue sadismo, al menos no de un modo típico. Atilio Rionegro no mostró alegría ni tristeza en sus momentos más crueles; ni tampoco fueron sus tibios enemigos políticos las víctimas preferidas, sino algún grupo de infelices envueltos en protestas circunstanciales de sindicatos, estudiantes y en especial los vagos sometidos bajo la ley contra la vagancia, de 1992. Beatriz Borges hizo nacer al chico malo, dispuesto a desmembrar un lagarto frente a una niña. Su destino fue convertirse en un ser capaz de superarla en ambición y espíritu.

Al general nunca se le vio preocupado en la época que su nombre salía escrito en las paredes junto con otras palabras proféticas sobre su muerte, sólo Beatriz, como buena esposa, se encargaba de las medidas de seguridad y de organizar un grupo de mujeres capaces de devolverle a la ciudad el color original de sus muros, cosas de las que Atilio Rionegro nunca se preocupó. Esa fue para ella la única ocupación dentro del gobierno. Le cubrió las espaldas al dictador y le fue fiel bajo el concepto de estar siempre cerca y no abandonarlo. Sus vidas se habían fundido tras la muerte de Juan José Borges, y más luego del atentado sufrido por el general en 1986. Así estuvieron hasta que la muerte los separó catorce años después. La misma muerte, sin necesidad de molestar al tiempo, se encargó de hacer como si nada de esto hubiera pasado.

Ella lo hizo dictador con poderes ilimitados, por eso hablamos de un artificio, un filtro de amor, donde se combinaron los egoísmos. No fue el simple juego de poder al estilo de los emperadores y tampoco la idea de que con la suspensión de libertades se conseguía lo mejor para el pueblo. Ni Robespierre ni Napoleón III. Atilio Rionegro no fue más que un hijo de las circunstancias. Espero me perdonen los encargados de escribir la historia. En su ascenso al poder no hubo nada de condiciones sociopolíticas, sino que puro engendro del deseo y el odio; pura competencia contra sus propios demonios y contra quienes pretendieron manipularlo. Cualquier conclusión distinta es de por sí errada y se basa en las reacciones secundarias del poder. Rionegro infundió mucho mal a su pueblo y tuvo algunos instantes de bondad progresista, en su mayoría, restos de otro mal: su egoísmo. Sólo Beatriz Borges, su peor enemigo y a la vez la mujer de su vida, pudo escapar ilesa de la ambición de poder condicionada por ella misma en un hombre que al principio, antes de conocerla, apenas unos días antes de cambiarse a presidente del país, no era más que un general sin pretensiones políticas.

En las primeras horas del funeral Beatriz había convencido a Serafín Campos Real, ministro del Interior y a William Salazar, el presidente del Congreso ¿O en realidad fue él quien lo preparó todo? ¿Ya no le había regalado años atrás aquel libro de Curzio Malaparte, sin que ella lo abriera nunca? Le regaló este clásico de la teoría del golpe de estado como se le da a una señorita una picante novela erótica. La relación entre ellos estuvo relegada a los pasillos por un estorbo de parentesco y entrecortada por las sospechas del general de cien ojos. Beatriz ya rebasaba la edad que por aquellos tiempos se permitía en sus amantes el presidente del Congreso, un tanto extrovertido en cuestiones de faldas. Este comentario solapado tiene la finalidad de aumentar una nota en lo inexplicable de toda relación entre ellos, pues Beatriz Borges estaba consciente de que antes de casarse con Atilio Rionegro su mayor fuerza, la más empleada con los demás funcionarios del gobierno, era antigua, fácil, húmeda y escurridiza. Con William Salazar ella sólo se mostró inteligente y persuasiva, y eso llegó a enamorarlo más que toda la carga de músculos vaginales de una modelo de ropa interior. Meses más tarde el ya presidente de la república, Atilio Rionegro, notaría sin darle la exacta importancia, cómo William alababa el temple de Beatriz para organizar un golpe de estado a los pies del cadáver aún tibio de su padre.

Después de convencer al general le tocó el turno a Joaquín Abreu, y hasta al mismo vicepresidente Ezequiel Collazo Smith, con quien ella no tenía buenas relaciones y seguro iban a ser peores cuando este último asumiera la presidencia en sustitución de su padre. Convencerlo fue la primera prueba de lo insospechado hasta ese momento: Beatriz Borges era algo más que la mujer fantasma de los salones de Palacio, y aun después demuerta, cuando los sobrevivientes la conocían mejor, se preguntaban si ella, de tanto ser fantasma y algo más en vida, lo continuó siendo tras romperse el cuello en la escalera.

En algún momento de los siete años que duró la presidencia de su padre todos la habían querido y odiado. Hubo periodos de inevitable cotilleo y otros donde pareció desaparecer entre la multitud de empleados de Palacio. Se la podía encontrar lo mismo en la cocina, en los camerinos del anfiteatro, en el aparcamiento y en el salón de reuniones adjunto a la habitación de su padre; en cualquier parte, y con más precisión, su único lugar sistemático si no llovía, era en los alrededores del parque de las estatuas, donde había mandado a plantar unas extrañas flores como de terciopelo y mantenía, en esos recorridos, una minuciosa inspección de la pátina surgida en las entrepiernas o los sobacos de algún mártir de la guerra de independencia. Sola siempre, pese a que algunos se vieron involucrados en comentarios de la prensa amarillista, por culpa de coincidencias en fotos tomadas al azar.

Se apoyó en ellos para lograr, en tiempo récord, un entierro inaudito a trescientos kilómetros de la capital, en una aldea casi selvática. Un pueblo que sólo cumplía la remota condición de haber sido cuna de Juan José Borges Ibarra, el presidente difunto, el padre de Beatriz. Habían quedado atrás los comentarios que tildaban de oportunista a Juan José Borges por no haber participado en la revolución del 66, justo en el momento que Che Guevara en Bolivia y Carlos Fonseca en Nicaragua peleaban no sólo por el triunfo, sino por un cambio social donde cualquier cargo estaría ligado a un compromiso previo. Pero la importancia alcanzada por el estado de Arencibia (primer y único estado en ser liberado por las armas) en el triunfo y su contribución administrativa, le ayudó a ser nombrado presidente de la segunda república. Tal vez el periodo menos aciago del país tuvo fin la mañana en que fueron a enterrar al presidente.

Se volvió a sellar el mausoleo de los próceres. Los especialistas trataron de mantener fresco el cadáver y se le pasó un comunicado urgente al gobernador del estado de Arencibia. La ola de protestas no se hizo esperar en la propaganda insípida de la oposición. Los comentarios sobre los síntomas de senilidad en el gobierno, las burlas, los apremios, y hasta la protesta formal de los encargados de pompas fúnebres mostraron la poca capacidad de los partidos contrarios y en todo caso, se consideró un error el carácter permisivo y flemático de Ezequiel Collazo Smith. Su falta de visión le impidió aprovechar la coyuntura para mover la opinión pública a su favor. Beatriz, pese a estar en una edad en la que no se espera mucho de las mujeres ni tener prerrogativas oficiales ante un cadáver que, por su simbolismo, pertenecía más al pueblo que a ella... Parecía como si esa mujer silenciosa y nórdica contuviera en ella el corazón de su padre muerto. Conservaba un sino de melancolía, una postura de dignidad, que la ayudó a crear un estado de opinión entre los habitantes de la capital. La televisión repitió hasta la saciedad el primer plano de Beatriz mientras leía entre lágrimas la última voluntad del presidente. El congreso se reunió con premura, los campesinos acamparon en la plaza de Marte frente a Palacio y aunque fue prohibido más tarde, se organizó un sistema de transporte masivo para que la gente –en su mayoría mujeres- pudieran acudir a la ceremonia de inhumación.

Hubo una visita previa de Beatriz y el general Rionegro al cementerio de Topamaringo. En la noche anterior había llovido y esa mañana tenía la eventualidad de lo húmedo por todas partes y el sol arriba, y abajo en el reflejo de las piedras encaladas. Beatriz se enfrascó en la organización del entierro hasta pasadas las tres de la tarde. Terminó tan agotada que le propuso al general, para sorpresa de él, darse ambos un baño en el río antes de volver a la ciudad. Dicen que Rionegro le advirtió del riesgo que implicaba regresar de noche por aquellos caminos selváticos y el peligro aún mayor de adentrarse por veredas en busca del cauce. Beatriz no respondió, al menos su sonrisa no explicaba otra cosa que una audacia ingenua y el gesto de tocarse la oreja con el índice y después señalar al monte no le informó al general de nada que no supiera: a lo lejos se escuchaba el murmullo constante del agua al golpear el plato de alguna cascada. Un rumor esquivo, que podría estar ocurriendo a dos o tres kilómetros del lugar donde se encontraban. El gobernador de Arencibia lo miró, los mismos guardaespaldas querían de él una obstinada negativa. Sin embargo, de una cosa estaba seguro Atilio Rionegro: Beatriz era caprichosa y había llegado a ese punto donde no había marcha atrás.