Bienvenido a Hasselt

Fragmento del libro

Alejandro Cernuda



Sandra nunca había subido a un barco. Tal vez por eso el ejercicio de cruzar la bahía de La Habana en dirección a Regla le trajo entusiasmo y, ya a la vista de la iglesia, la sospecha del dolor. Los pocos pasajeros que en esa mañana abordaron la lancha permitieron a Carlos apoderarse de un lugar en la puerta de estribor, un buen sitio para contemplar esa porción del litoral de La Habana Vieja. Había hecho aquel recorrido incontables veces y no le interesaba el paisaje, donde –en la puerta- el viento se hacía fastidioso. Eligió aquel lugar para que Sandra se situara a su lado y así mostrarle ciertos detalles de la bahía, pero ella tuvo miedo de ocupar la otra esquina de la puerta y prefirió agarrarse a una de las columnas metálicas que soportaban las vigas del techo. Miedo al mar, le dijo. Era una de esas pequeñas decepciones que hacía sufrir a Carlos en el escaso tiempo que pasaban juntos. A ratos su pretensión de compartir con ella nuevas experiencias se veía cortada por el desgano y las responsabilidades. Por otra parte, el temblor producido por la indiferencia de Sandra era olvidado con facilidad ante su condición de pequeñas frustraciones de joven introvertida. En los últimos días aumentaron los desencuentros. Carlos lo asoció a la nostalgia por una próxima separación.

En noviembre, dos meses después y en un sitio lejano, Carlos alteró en un par de kilómetros la ruta de su paseo matinal. Luego del molino de viento siguió la carretera sobre el dique hasta encontrar el sendero hecho por los excursionistas. Su gesto en la encrucijada fue mecánico, así como el prejuicio a hacer demasiado ruido. Se echó sobre la hierba de la ribera del Zwartewater, más allá de toda construcción humana, y lanzó algunas piedras al agua. No estaba allí para oportunidad de quienes –famoso ya- lo seguían en aras de una buena foto, ni pretendió imitar algún cuadro de los impresionistas que años antes habían llegado hasta estas tierras en busca de la Luz. Se echó sobre el pasto aburrido de caminar. Miró las estelas con que los aviones a propulsión rayaban a toda hora el cielo de Hasselt, un fenómeno impensable en su país. Sopesó de nuevo los motivos de la huida, si esta era, por fin, la única manera de catalogar aquel viaje a Europa. Pensó en Sandra, su embarazo y la espera en que se habían convertido los últimos meses. Por unos segundos el tiempo devino esperanza, una leve sonrisa, para luego devolverlo a su condición de hombre taciturno. Bastó ese intervalo sólo para fijarse en las estelas cruzadas. Perfectas cruces de la propulsión a chorro en algún que otro cuadrante del cielo holandés… Con este signo ganarás, repitió, como el emperador Constantino, antes de cerrar los ojos.

Con su vestido de bordado blanco con grullas negras y la descuidada insinuación de sus pechos. Sandalias de cuero, buenas piernas, nada de maquillaje, poco trasero para mi gusto... Se podrían decir muchas cosas de ese encuentro y la primera impresión que me causó Sandra, sin contar que Carlos pasó inadvertido en gran parte de este conocimiento. En lo que a mí respecta, la chica no me gustó ni a Dalia Bulla tampoco. Había un no sé qué en ellos, algo poco optimista y difícil de describir. Sin embargo, juzgar es un trabajo rutinario y necesitábamos una pareja cualquiera. La gente entra y sale de la iglesia y uno está frente a la puerta, como haciendo autoestop en la carretera espiritual, buscando con quién irse... porque de algún modo hay que ganarse el pan de cada día. Dalia Bulla me dijo: Vámonos con esos, y yo al principio no quise. Estaba cansado de mujerzuelas y perdedores de difícil enmienda. Si esperábamos un par de horas se iba a casar la hija de un coronel con un pintor mexicano de cierta fama entre los artistas de Zacatecas –eso había dicho un vendedor de flores bien informado-, dos pichones, por llamarlos de alguna forma, más apetitosos, pienso yo, hoy que se sabe por destino manifiesto y otras porquerías quién es quien antes de ver la luz a través del túnel entre las piernas de la madre. De ahí que esperar en la iglesia traiga sus oportunidades de conseguir un viandante término medio. Aquí o en la puerta de fuga de un colegio… Ya los presidentes y las actrices llevan guía espiritual desde que salen del cascarón.

No había nadie más bajo la ceiba al costado de la iglesia… ciento veinte minutos de espera y entonces boda y carne fresca. Dalia Bulla tiene, sin embargo, otros métodos para resolver este tipo de problema. Sacó su reluciente moneda borbónica y lugar común mediante –cara o cruz- nos jugamos lo que en ese momento imaginé como la suerte. En realidad Dalia lo notó primero y no me dijo: había otro aspecto interesante en la chica, lo traía escrito en su aura como un cartel lumínico conectado a su fuente de energía astral, como si su vida fuera una eterna protesta contra el imperialismo. A Sandra le dolía la cabeza si permanecía unos segundos frente a un altar. Era un hecho probado y aquel jueves de principios de septiembre no fue diferente. Ahí estábamos nosotros los fantasmas, ancestrales y aburridos, frente a un milagro cada vez más escaso en el orden planetario. Una chica marcada para ser alguien en el mundo espiritual, una futura médium, una santera, sin guía aún; sin tener la más remota idea de que podía ser algo más en la vida que una putilla del brazo de un perdedor.