Amor de poeta

Fragmento del libro



No apures el paso. Ya, aquí estamos solos. Cuidado con los vidrios que te pueden traspasar los zapatos. No me aprietes contra la pared. Así Katia, bonita. ¿Qué? Sí, antes había luz, pero todos los insectos han tenido que emigrar desde que rompí la farola. Fue después que nos vimos por la tarde, y teníamos ganas. Entonces, huele a medicinas. Pero no tengas miedo, miras aquí miras allá. Viene alguien desde la boca del callejón. Escóndeme en un beso como hacen los espías en las películas, y no nos movamos para que el intruso tuerza rápido el rumbo. Seguro se larga por la calzada de San Lázaro, que es mejor calle si uno no tiene escrúpulos de pisar la mierda de los perros. No me muerdas, puta. Ni luego te rías de mi sangre, vampiresa, hija de puta… Y ahora no te enojes si te la escupo en los ojos. ¿Duele? Te doy con fuerza y sin embargo ríes. ¿Y qué es ese sabor? Sangre, pero hay algo más… Ah claro, las pastillas con alcohol. Silencio, ¿no ves?... Te lo digo aunque me gusta la muequita que te tuerce los labios, pero ¿no ves que el intruso es policía? O por lo menos algo con antenas que se mueve como si no supiera bailar. Y tú menor de edad, y yo borracho y con pastillas, peor que la culpa de los homicidas. Calla, no me digas violador ahora, que el poli nos está mirando. Me dices violador más alto, te gusta jugar. Te juro que si viene le voy a encajar la gorra hasta el cuello. No, no lo llames. ¿Miedo? Deja de probarme y dame otro beso. Así, largo, y me tocas por sobre el pantalón, se siente el sonido del rasgar de las uñas y luego te alejas a mitad del beso. A que se lo digo. Unos pasos tras el policía. Ven, Katia, no seas imbécil. Si cruzas la calle no regreses. A que sí, A que no… Si te separas de mí, lloraré angustiado aquí, cuando tu nombre recuerde como el pitirre que pierde su nido en el ponasí. Cállate. Ya de vuelta brusca, con los ojos abochornados por culpa de las octavas. Yo barro los vidrios y al caer del contén vuelven a romperse en pedazos más pequeños. Todo está borroso. Ella hace el gesto de levantarse la blusa rosada, agresiva hasta que me muestra sus senos. Una ondulación de sus pechos firmes, pecho de mujer sin tetas. Coño, es casi una niña. Y yo también, que para eso tengo carné de estudiante… y si de verdad tienes el valor de estudiar, que es más que el de trabajar, dime ¿cuál fue la última clase? No recuerdas, ¿verdad? No me acuerdo un carajo, de todas formas los profesores dicen que no tengo buena la cabeza. No como los otros que forman grupúsculos para estudiar en el jardín del patio interior de la facultad. O es que tengo envidia de reconocer que son más seguros que yo, o por lo menos más inteligentes… Katia, a mí me importas tú, aunque desde ya se sepa que tú tampoco vas a llegar a la universidad, que fuera del poco de música no tienes aptitud para otra cosa que no sea la calle. No me digas eso que me finjo molesta y me voy hasta que me persigas pidiéndome perdón, como cuando te ponías pesado frente a casa de Abelardo. Yo quiero aprender a tocar piano, estar donde el público me vea y diga que buen Mozart, que buen Brahms… Te van a decir: Qué buen culo. Eres el jefe de los imbéciles. Pero no me aprietes tan duro, que no es para tanto. Así, pégate y perdona. Mañana hablas con el viejo de la casa junto al mercado para que te enseñe. Abelardo se llama, y ya no toca, desde que murió su mujer. ¿Pero con qué piano voy a ensayar? Papá no tiene para eso, ni mamá, ni tú tampoco. Yo te ayudo. ¿Qué vas a hacer? Sembraré un poco de marihuana. Eres un estúpido. Y tú estás linda; ya ves, si me ofendes te ofendo. Si me tocas te toco… Pero tú estás peor que yo, y por ahí hay quien dice que estuviste preso. Dos días no es la cárcel, te parece grande porque eres pequeña. Creen que me amedrentaron con su discurso y los trabajadores sociales: El pobre, si se le murió la madre, si el padre subió a un barco y lo abandonó. Si los vecinos dicen que tiene de maricón porque se la pasa recitando poesías. Eso trae la borrachera, te hace falta un poco de seriedad. Me hace falta dinero, y a lo mejor menos subversión, un aro para entrar… pero anda, deja los sermones para la mañana, ahora estamos solos, tócame. Nadie está mirando. ¿Qué sabes tú? Yo sé que te quiero. Repítelo y te mato. Suelta el vidrio. Te voy a cortar. No juegues a empañarte como de fantasma, ahora, cuando más peligrosa te me apareces, a contraluz, que no puedo verte los ojos, sólo ese brillo que el vidrio le roba a las lámparas… Me agarraste los dos brazos, eres un tramposo. Y ahora tú te pegas a mí de espaldas como una gata. Hueles a sándalo. ¿Qué sabes tú a qué huele el sándalo? Jesús trata de imaginar un olor… Sí, abuela tenía un abanico de sándalo, me dejaba oler. Y trata de tocarla con manos apuradas. Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme. Tienes catorce años. A ti qué te importa. Eres un viejo. Tú me pones viejo. ¿Y por qué está tan fría la pared? No es la pared, estás bocarriba sobre el piso ¿A qué hora tienes que regresar? Temprano, que temprano se llama la hora en la que se acaba la telenovela y las chicas decentes regresan a casa. Te lo pregunto, sí, porque a ratos me parece que estoy solo. Y que ni siquiera yo estoy aquí. Tú te fuiste para no volver y se me salieron los lagrimones delante de Ramiro, y después él lo comentó en el aula. Pobre, pobre, dijo la mulata de la falda a cuadros y se acomodó tres veces la almohadilla sanitaria… Tres veces antes de cambiar de opinión y decir que estaba bien hecho, por borracho. ¿Entiendes Katia? Tres veces como el canto del gallo para el pobre Cristo... Que veo la cara del tipo del Audi, ¿cómo se llama? Héctor, pero él no importa. Sí, dice Ramiro que sí. No le hagas caso, amor. Siempre voy a ser tuya, pero tienes que terminar la universidad. Pero no entiendo el cálculo. Ni me interesa, lo que quiero es hacer poesía, coño, que la matemática tiene sabor a hierba mascada. Mentiras, sí lo entiendes, ¿y las cuentas que hacías para cuando yo fuera pianista y tú licenciado? Ahora quiero escribir de esos hoyitos que se te hacen en la espalda, que se te notan cuando te tiras desnuda boca abajo. Y yo quiero que me lamas, y porque así lo quiero me lamerás los pezones. Si tuvieras dos lenguas. ¿Tú quieres dos hombres? Yo te quiero a ti. Pero sales con él. Papá me deja. Y entonces, ya no tienes catorce años igual que hace un rato, y cuando se trata de Héctor, entonces eres toda mujer a los ojos de tu padre. Te están vendiendo. Ya el piano es un secreto que no dices a nadie y te vas a plena calle por el circuito de las fiestas de alta sociedad. ¿Qué dices? La crema, coño. Héctor te lleva a las fiestas que dan en su oficina. Eres la puta de última hora. No te vayas, perdona… ¿Y qué es ese ruido? Otra vez me duele la cabeza ¿Dónde estoy? Que se callen las sirenas de la policía ¿Dónde estás, Katia? Vuelve aquí, puta, mi amor. Estás borracho. No, casi, pero más estoy dormido. Ahora me acuerdo, Ramiro me dijo que te ibas a casar. Todos se casan alguna vez. Cásate conmigo. No tienes dinero… Cuidado, ¿por qué se rompen de nuevo los cristales? Tú no me respondes ¿Y de dónde salen tantos policías? Katia, no me dejes solo. No te cases con los hombres que no soy yo. ¿Dónde estás? ¿A dónde me trajiste o te traje? Ahora son dos policías y las luces se desparraman a través de los cristales que tuvieron que romper para entrar en la farmacia. Ciudadano, no se mueva. ¿Conmigo? ¡Viva la Revolución! ¿Cuál? Hombre, cuál va a ser, la francesa. No ves que soy el último en la fila de los que mueren como Marat. Aunque los hombres de azul digan que llevo tres días aquí, y que el piso no es la pared, ni Katia la pata de la mesa. Mi niña de sándalo, cedro al despertar.